Cuba
Nostra
Los secretos de estado de Fidel Castro
por Eduardo Mackenzie
Sábado 17 de Septiembre del 2005
(Cortesía de la lista ABAJO CADENAS)
Salvador Allende no se suicidó, ni murió bajo las balas de los militares
golpistas el 11 de septiembre de 1973. Durante el asalto contra el palacio de la
Moneda, el presidente de Chile fue cobardemente asesinado por uno de los agentes
cubanos que estaban encargados de su protección. En medio de los bombardeos de
la aviación militar, el pánico se había apoderado de los colaboradores del jefe
de Estado socialista y éste, en vista de la desesperada situación, había pedido
y obtenido breves ceses de fuego y estaba, al final, decidido a cesar toda
resistencia. Según un testigo de los hechos, Allende, muerto de miedo, corría
por los pasillos del segundo piso del palacio gritando: “¡Hay que rendirse!”.
Antes de que pudiera hacerlo, Patricio de la Guardia, el agente de Fidel Castro
encargado directo de la seguridad del mandatario chileno, esperó que éste
regresara a su escritorio y le disparó sin más una ráfaga de ametralladora en la
cabeza. Enseguida, puso sobre el cuerpo de Allende un fusil para hacer creer que
éste había sido ultimado por los atacantes y regresó corriendo al primer piso
del edificio en llamas donde lo esperaban los otros cubanos. El grupo abandonó
sin mayor tropiezo el palacio de la Moneda y se refugió minutos después en la
embajada de Cuba, situada a poca distancia de allí.
Esta versión del fin dramático de Salvador Allende, que contradice las dos
anteriores casi oficiales, dadas ya sea por Fidel Castro (la tesis de la
heroica muerte en combate), ya sea por la Junta militar chilena (la del
suicidio), emana nada menos que de dos antiguos miembros de organismos secretos
cubanos, muy bien informados acerca de ese sangriento episodio y hoy exiliados
en Europa.
En un libro que acaba de publicar en París las Ediciones Plon, intitulado Cuba
Nostra, les secrets d’Etat de Fidel Castro, Alain Ammar, un periodista
especialista en Cuba y América Latina, analiza y confronta las declaraciones que
le dieran Juan Vives y Daniel Alarcón Ramírez, dos ex funcionarios de
inteligencia cubanos.
Exilado desde 1979, Juan Vives es un ex agente secreto de la dictadura y
sobrino de Osvaldo Dorticós Torrado, el presidente cubano de opereta que reinó
de 1959 a 1976, y que fue “suicidado” en obscuras circunstancias en 1983.
Vives cuenta que en noviembre de 1973, en un bar del hotel Habana Libre, donde
algunos miembros de los órganos de seguridad del Estado solían reunirse los
sábados para beber cerveza e intercambiar de manera informal chismes e
informaciones de todo tipo, escuchó del mismo Patricio de la Guardia, jefe de
las tropas especiales cubanas presente en la Moneda en el fatídico 11 de
septiembre de 1973, esa escalofriante confesión.
Durante años, Vives no quiso dar a conocer esa información pues, como dice, “era
peligroso hacerlo” y porque no había hasta ese momento ningún otro responsable
cubano en el exilio que pudiera confirmar el carácter fidedigno de esos hechos.
Cuando supo que Daniel Alarcón Ramírez, alias “Benigno”, uno de los tres
sobrevivientes de la guerrilla de Ernesto Guevara en Bolivia, se hallaba también
exilado en Europa, la idea de dar a conocer esos graves hechos volvió a cobrar
fuerza.
En el libro de Alain Ammar, “Benigno” confirma plenamente la narración de Vives.
Ambos conocieron a Salvador Allende y a su familia. Ambos vivieron en Chile
durante el gobierno de Allende. Ambos escucharon, en momentos diferentes, la
confesión de Patricio de la Guardia a su regreso a La Habana.
El libro de Ammar describe con precisión los últimos meses del gobierno de la
Unidad Popular y, sobre todo, muestra el avanzado grado de control directo que
Fidel Castro había logrado instalar --mediante sus centenas de espías de la DGI
(un servicio cubano de inteligencia), mediante sus operadores y agentes de
influencia implantados en Santiago--, sobre el presidente Salvador Allende,
sobre sus ministros y hasta sobre sus amigos y colaboradores más íntimos. De
hecho, la llamada “vía chilena al socialismo” había sido desviada por el
castrismo hasta el punto de que dentro del gobierno de Allende hubo voces que
criticaban esa brutal ingerencia. Meses antes de su muerte, Salvador Allende
había sido ya “instrumentalizado por Castro”, explica Juan Vives. “Pero Allende
no era el hombre que la Habana quería tener en el poder en Santiago. Los que
Castro y Piñeiro [brazo derecho de Castro en operaciones de espionaje en
Latinoamérica, muerto recientemente en Cuba de un infarto] preparaban para el
relevo, a espaldas del mismo presidente Allende, eran Miguel Henríquez,
principal dirigente del MIR y Pascal Allende, número dos del MIR, lo mismo que
Beatriz Allende, la hija mayor del presidente, quien pertenecía también al MIR”.
Beatriz morirá en Cuba en 1974.
Ese control sobre el jefe de Estado chileno se había agudizado notablemente
tras el primer intento de golpe militar, el 29 de junio de 1973, más conocido
como el tancazo. Cuando la Habana supo que los chilenos que rodeaban al
presidente estaban asustados, Fidel Castro hizo saber que Allende no podía en
ningún caso rendirse ni pedir asilo en una embajada. “Si el debía morir, debía
morir como un héroe. Cualquier otra actitud, cobarde y poco valiente, tendría
repercusiones graves para la lucha en América latina”, recuerda Juan Vives. Por
eso Fidel Castro dio la orden a Patricio de la Guardia de “eliminar a Allende si
a último momento éste cedía ante el miedo”.
Poco después de los primeros ataques a la Moneda, Allende mismo había dicho a
Patricio de la Guardia que había que pedir el asilo político ante la embajada de
Suecia. El mandatario había incluso designado a Augusto Olivares, su consejero
de prensa, para hacerlo. Probablemente por eso Olivares, alias el perro, fue
también ultimado por los cubanos antes de que éstos enfilaran baterías contra el
presidente de Chile. “Reclutado por la DGI cubana, Olivares transmitía hasta los
pensamientos más mínimos de Allende a Piñeiro, quien, a su vez, informaba a
Fidel”, declara Juan Vives.
Otro guardaespaldas chileno de Allende, un tal Agustín, fue también “fusilado”
por los cubanos en esos momentos dramáticos, según la declaración hecha por
“Benigno” al autor del libro. Semanas después del golpe de Estado, Patricio de
la Guardia había revelado, en efecto, a “Benigno” el fin de Agustín, hermano de
un amigo suyo que vive aún en Cuba, y le había dado otro detalle importante
sobre lo ocurrido durante esa trágica mañana en el palacio de la Moneda: antes
de ametrallarlo, el agente cubano había atrapado con fuerza a Salvador Allende,
quien quería salir del palacio, y lo había sentado en el sillón presidencial
gritándole: “¡Un presidente muere en su sitio!”.
La versión del asesinato a quemarropa de Allende no era del todo desconocida. El
12 de septiembre de 1973 varias agencias, entre ellas la AFP, resumieron en
cuatro líneas ese hecho. Publicado al día siguiente por Le Monde el cable decía:
“Según fuentes de la derecha chilena, el presidente Allende fue matado por su
guardia personal en momentos en que pedía cinco minutos de cese al fuego para
rendirse a los militares quienes estaban a punto de entrar al palacio de la
Moneda”. Ammar indica que esa hipótesis “fue enterrada inmediatamente” pues ella
no le convenía a nadie: “ni a los colaboradores de Allende, ni a la izquierda
chilena, ni a sus amigos en el extranjero, ni a los militares ni, sobre todo, a
Fidel Castro…”.
La confirmación que esa, hasta hace poco, “hipótesis” acaba de recibir de parte
de Juan Vives y Daniel Alarcón Ramírez podría ser reforzada en el futuro por los
testimonios de otros funcionarios cubanos silenciados hasta ahora y por
documentos que se encuentran fuera de Cuba. En efecto, en un banco de Panamá
reposaría la pieza maestra de este magnicidio. Según los autores del libro,
Patricio de la Guardia, condenado a treinta años de cárcel durante el
proceso-farsa contra el general de división Arnaldo Ochoa Sánchez, y hoy en
residencia vigilada, habría depositado en el cofre de un banco panameño un
documento comprometedor en el que describe, entre otras cosas, el asesinado de
Allende por orden de Castro, texto que debería ser revelado en caso de muerte de
Patricio de la Guardia. Fidel Castro, según los autores del libro, habría
tomado muy en serio esa amenaza y habría hecho que éste escapara al
fusilamiento, a diferencia de Tony, hermano de Patricio, quien junto con el
general Ochoa y dos otros funcionarios del ministerio del Interior, fué pasado
por las armas el 13 de julio de 1989.
La revelación de lo ocurrido a Salvador Allende no es interesante únicamente
para los historiadores de la calamitosa aventura de la Unidad Popular en Chile.
Lo es igualmente, y de qué manera, para los nuevos amigos latinoamericanos de
Fidel Castro, especialmente para el presidente Hugo Chávez de Venezuela. Hugo
Chávez y los otros, por más jefes de Estado confiables que puedan ser para La
Habana, como lo pudo haber sido en su momento, al menos en los papeles, el
presidente Allende, podrían estar siendo ahora objeto de idénticos entramados
siniestros de control y de dominación física y política directa por parte de los
mismos servicios que obraron tan bestialmente contra el presidente de Chile. El
libro de Alain Ammar aborda, en sus 425 páginas, muchos otros temas y episodios
relacionados con las complicadas y no siempre exitosas operaciones secretas de
La Habana en Cuba y en varios países. Es de esperar que una traducción al
español de ese útil libro sea puesta rápidamente en librerías.
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