Mi tio Rubén Dario de la Maza Chappi, nació en la Ciudad de La Habana, el 31 de Mayo de 1945; desde niño tuvo muy bien definida su vocación, la aviación. Siempre lo recuerdo haciendo avioncitos de madera, él mismo los diseñaba y construía. Al fin logró entrar en la Escuela de Aviación y fue a hacer sus estudios en la Unión Soviética, pero tuvo la mala suerte de que se le presentó una hepatitis viral, lo cual le impidió volar aviones de vuelos internacionales. Cuando llegó a Cuba pudo conseguir trabajo como piloto en una base aérea de la provincia de Guantánamo, con avionetas de fumigación.
Ya llevaba un tiempo trabajando, feliz porque estaba haciendo lo que le gustaba, cuando le confió a uno que tenía como amigo que él creía en Dios; ese hombre resultó ser un chivato al servicio de la dictadura, lo cual le costó a mi tio que lo echaran de su trabajo solo por el hecho de tener creencias religiosas.
De ahí en adelante empezó su calvario, se puso a trabajar en una carpintería, que fue lo único que pudo conseguir, sin esperanza de poder mejorar y mucho menos volver a la aviación porque en el año 70 que fue cuando ocurrieron estos hechos, el ser cristiano era un delito.
Trató de salir de Cuba legalmente y no lo consiguió, entonces un día dijo que iba a visitar a parte de nuestra familia que vivía en Santiago de Cuba. Los días pasaban, y al ver que no habían noticias de él mis abuelos llamaron a Santiago; allí otro de mis tíos informó que Rubén Darío había estado en su casa hacía muchos días, pero que después no lo vieron más. Transcurrió todo el mes de diciembre de 1970 sin saber de él, toda la familia estaba desesperada porque él era una persona muy querida por todos, por su bondad y el amor que siempre nos brindaba.
A principios de enero del 1971 un amigo de la familia que en esos momentos pertenecía a la Seguridad del Estado tenía que dar un viaje a Oriente por asuntos de trabajo y quedó en averiguar qué había sido de él, a través de esa persona fue que pudimos conocer los hechos.
La persona que llevó la triste noticia a mis abuelos, les pidió que no dijeran nada para no comprometerlo, que las autoridades estaban investigando el caso y posteriormente les darían el aviso oficial, lo cual nunca sucedió, jamás fueron a ver a mis abuelos para decirles que su hijo había sido asesinado de tal forma, solo con 25 años, lleno de vida, y sólo por buscar una salida a la situación en que lo había puesto ese régimen dictatorial que ni siquiera ha respetado la fe de los cubanos en Dios.
Pasados los años mis abuelos pretendieron que los restos de mi tío fueran trasladados a La Habana al osario del panteón familiar, pero les informaron que tenían que ser llevados bajos custodia de dos militares, lo que hizo que mi abuela dijera que si era así, entonces prefería que se quedara en aquel cementerio de Santa Efigenia, y lo depositaron en el Panteón de nuestros familiares que viven en Santiago de Cuba.
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