Pasajeros
cubanos tratan de resolver con el aventón
Por Vanessa Bauza de El Sentinel
11/29/2003
LA HABANA · Las nubes que anuncian una tormenta y la inminente caída de la
noche indican a una multitud de peatones que esperan un aventón que el tiempo
se les acaba. Si no pasan más camiones o automóviles, tendrán que dormir en
la calle o en la banca de algún parque.
"No creo que me pueda mover de aquí", lamenta Iliana Cabrera, que
desea viajar a Bayamo, 500 millas al este de La Habana. Cabrera, de 34 años,
ya pasó una noche a orillas de la vía pública. "¿Qué más se puede
hacer?".
Al igual que miles de cubanos, Cabrera no tiene dinero para pagar las tarifas
de los camioneros particulares que dan servicio de transporte y que cobran el
equivalente de la mitad de un salario cubano para viajar de un extremo a otro
de la isla.
Cabrera intentó tomar un autobús en la estación, pero la lista de los que
esperan un pasaje es extremadamente extensa: tres días. Lo que explica que
Cabrera haya recurrido al popular aventón.
Debido a la escasez de combustible, de piezas de repuesto o de autobuses, el
sistema de transporte de la isla sólo puede abastecer un cuatro por ciento de
los pasajeros que tratan de usarlo.
Aprovechando el sistema de aventones, el gobierno cubano ha asignado unos
2,200 inspectores en 1,034 paraderos en toda la isla para identificar vehículos
(carros o camiones) con matrícula gubernamental que puedan llevar a pasajeros
en una dirección. El costo para el viajero: tres pesos cubanos (o equivalente
a $0.15 centavos).
Funcionarios del Ministerio de Transporte estiman que de enero a septiembre de
este año los inspectores lograron transportar a 45 millones de pasajeros en
el país.
Se espera que a fines de este año, la cifra aumente a 70 millones.
"Estamos transportando pasajeros a un ritmo de 400 viajes diarios en
autobús", señala Ricardo Jiménez, director del transporte público de
La Habana. "Queremos que todo el que maneje un vehículo, pare y muestre
su solidaridad ciudadana".
Los inspectores cargan una libreta de apuntes y un silbato, y no tienen
autoridad para multar al chofer que se niega a detenerse.
Si bien los viajes dentro la ciudad son relativamente fáciles, son las rutas
más largas (los viajes al interior de la isla, por ejemplo) los que pueden
tardar varios días.
El inspector se desempeña también como mediador cuando los ánimos se
exaltan entre viajero cansados y el conductor renuente a recoger pasajeros.
"No es fácil", comentó un inspector que rehusó dar su nombre.
"Hay días que pasan muchos camiones, pero hay otros días que ni uno. Se
supone que los chóferes tengan conciencia, pero esos son los menos".
Los viajeros identifican a los inspectores como "azules" o "amarillos",
por el color de sus uniformes y saben que éstos hacen lo que pueden. Según
algunos irritados pasajeros, algunos chóferes alteran sus rutas para no tener
que pasar frente a los paraderos en las carreteras.
Otros cobran por el pasaje, en vez de ofrecer un viaje gratis como requieren
los reglamentos del Estado, una práctica que permiten a los camioneros hasta
quintuplicar su salario mensual.
"Llevo esperando ya 26 horas y tengo 61 años de edad. Lo que no tengo
son los 100 pesos que me cobra el camionero", comentó Rolando Sánchez,
un obrero jubilado de la construcción. Su pensión mensual es de 162 pesos,
equivalente a $6.
"Esto es desesperante", dijo por su parte Over Ramírez, un
trabajador agrícola de 29 años de edad que llevaba ocho horas en uno de los
paraderos frente a una autopista de ocho carriles.
Los inspectores tienen una lista de espera de pasajeros, pero cuando
finalmente llega un camión de plataforma abierta, se desata un pandemonio
entre los irritados pasajeros y muchos se montan en el camión sin importarles
su turno en la lista.
"Estamos tratando de hacer una labor humanitaria", dijo el inspector
Pablo Fragoso. "Pero la gente está siempre desesperada por conseguir un
aventón".
Puede comunicarse con Vanessa Bauzá a vmbauza1@yahoo.com