REFLEXIONES
SOBRE UN CENTENARIO.
Economía. Vitral No. 50. Julio-Agosto de 2002
POR OSCAR ESPINOSA CHEPE
(Actualmente confinado en la Prisión de Guantánamo
condenado a 20 años de prisión por ejercer el periodismo independiente victima
de la Ola represiva de marzo de 2003)
El 20 de mayo del 2002 se conmemoró el centenario de la instauración de la República
de Cuba. Nació luego de una intervención extranjera que coadyuvó al término
más rápido de la guerra de independencia contra el colonialismo español,
evitando mayores sufrimientos y derramamiento de sangre al pueblo cubano, pero
fue un factor comprometedor para el futuro nacional.
Como resultado, la Constitución se aprobó con el apéndice de la Enmienda
Platt y, en lo económico, la dependencia a Estados Unidos quedó sellada con el
Tratado de Reciprocidad Comercial. Este instrumento determinó las características
monoexportadoras y plurimportadoras del país.
Habría que preguntarse qué otra opción tenían los patriotas cubanos, que no
fuera aceptar una situación deparada por las circunstancias históricas y
geopolíticas. La sabiduría de la clase política cubana quedó demostrada en
que a pesar de aceptar imposiciones lesivas a la soberanía, consiguió lo que
no pudieron obtener ninguno de los otros territorios que se desprendieron del
colonialismo español como consecuencia de la guerra hispano-norteamericana: un
gobierno propio, que permitiera en un futuro enmendar los acuerdos alcanzados,
como sucedió más tarde en 1934, debido a la perseverancia cubana.
Las relaciones iniciadas con Estados Unidos también tuvieron aspectos positivos.
Ese país se encontraba entre los más desarrollados del mundo a inicios del
siglo XX, por lo cual los nexos establecidos permitieron el acceso a avanzadas técnicas
en importantes actividades como las comunicaciones, administración, la banca,
la construcción, la medicina, la enseñanza, etc.
Por otra parte, el aseguramiento del mercado y la irrupción del capital
norteamericano, fundamentalmente el de los refinadores que ya en tiempos de la
colonia se abastecían de azúcar crudo cubano, trajeron consigo una impactante
recuperación económica.
Si en 1900 la producción azucarera fue de 300,0 miles de toneladas, en 1905 se
alcanzaron 1,16 millones de toneladas, volumen superior a cualquier zafra bajo
dominio español. En 1919 eran elaboradas más de 4,0 millones de toneladas,
cuando se contaba con una población de 2,8 millones de habitantes; y en 1925 se
llegó a los 5,2 millones de toneladas.
La ganadería vacuna, casi desaparecida a causa de la guerra, alcanzó a
principios de los años 30 más de 4,0 millones de cabezas.
Debe resaltarse que ambos avances resultan portentosos, si se considera que en
el 2001 la zafra sólo alcanzó 3,5 millones de toneladas de azúcar, contando
con una población de más de 11 millones de habitantes; y las existencias de
ganado reflejadas oficialmente no rebasan la cifra de entonces.
En la esfera del transporte, las vías férreas aumentaron tan rápidamente que
en los años 20, por su extensión, el sistema cubano sólo era superado en América
Latina por contados países del Cono sur. Asimismo, mientras durante la colonia
las carreras sólo sumaban varias decenas de kilómetros, y la parte occidental
estaba obligada a comunicarse con las provincias orientales por mar, ya en los años
30 existían miles de kilómetros de vías y prácticamente todo el territorio
nacional estaba enlazado por tierra.
En la salud pública, se tuvieron logros importantes. Se efectuaron grandes
campañas de higienización y vacunación. Se erradicó la fiebre amarilla,
flagelo que por muchos años azotó a la población, lo cual benefició la
inversión foránea por disminuir considerablemente los riesgos del
establecimiento de los extranjeros.
No menos positiva fue la formación masiva de personal especializado en el campo
de la salud. En los años 50, Cuba disponía de un médico por cada 960
habitantes; un indicador muy superior al de cualquier otro país latinoamericano
e incluso al de Francia, Holanda, Inglaterra, Suecia y otras naciones
desarrolladas, según informaciones publicadas por la Organización Mundial de
la Salud (OMS).
El número de camas en los hospitales era apreciable. De acuerdo con un censo
realizado por el Colegio Médico Nacional, en los años 50 existía un total de
24 829 camas, lo que representaba 234 habitantes por cama. De estas plazas, 16
322, el 65,7%, correspondían a camas públicas.
No obstante hay que reconocer que el nivel asistencial no era homogéneo en el
país. Mientras que en la provincia de La Habana había 96 habitantes por cama,
en Pinar del Río existían 662, en Camagüey 516 y en Oriente 514. Situación
similar sucedía con los médicos, quienes en más de un 50,0% ejercían sus
funciones en la ciudad de La Habana. Esto provocaba que en determinadas zonas
del país, en especial rurales, la asistencia médica fuera deficiente.
Sin embargo, al comparar los índices de Cuba con los del resto de los países
latinoamericanos, el saldo era claramente favorable hacia nuestra isla. Por
ejemplo, la tasa de mortalidad infantil era de 32 por cada 1000 nacimientos en
1957, la más baja en el subcontinente e inferior incluso a Francia, Bélgica,
Alemania Occidental, Japón, Austria, Italia, España y Portugal.
Actualmente, el gobierno cubano habla de una tasa de mortalidad infantil del 6,2
por cada 1000 nacimientos en el año 2001, pero hay que tener en consideración
los progresos de la ciencia y la técnica en materia de salud en todos estos años,
así como las prácticas actuales de abortos con lo cual se da terminación
selectiva a los embarazos de alto riesgo, lo que coadyuva a lograr menores
cifras de mortalidad infantil.
En cuanto a la esperanza de vida, el promedio entre 1955-1960 era de 62 años.
Indudablemente alta para aquella época.
Los avances en la educación también fueron notables. Según el censo, en 1899
sólo el 43,2% de la población de 10 años o más estaba alfabetizada. En 1931
alcanzó el 71, 7%, y en 1953 llegó al 76, 0%. Este indicador era únicamente
superado por Argentina (87,0%), Chile(81,0%) y Costa Rica (79, 0%).
Como se apuntó anteriormente, la economía cubana estuvo signada desde sus orígenes
por una dependencia muy grande a un producto: el azúcar, y a un mercado: el
norteamericano.
A esto se sumó una gran concentración de tierra en pocas manos,
fundamentalmente destinada al cultivo de la caña de azúcar. De esa forma se
impuso el monocultivo azucarero y una economía de plantación, activa en los
meses de zafra y deprimida el resto del año: el tiempo muerto. Con períodos de
expansión, cuando los precios del azúcar alcanzaban altas cotas en el mercado
internacional; y terribles depresiones, cuando estos caían.
Hasta los años 20, monopolizado el mercado norteamericano por el crudo cubano,
no hubo mayores dificultades. Pero en esa década surgieron problemas para
vender la producción cubana, pues otros países comenzaron a desarrollar su
industria, ya fuese a base del cultivo de la remolacha o de la caña de azúcar,
incluidos los propios Estados Unidos y áreas bajo su dominio como Puerto Rico,
Hawaii, Filipinas e Islas Vírgenes. Entonces se constataron los inconvenientes
de la política de vincular el futuro del país a un solo producto.
El gobierno del tristemente célebre Gerardo Machado adoptó mecanismos para
restringir la zafra en función de los estimados de exportación. Al mismo
tiempo, tomó ciertas medidas proteccionistas y en 1972 introdujo una reforma
arancelaria que estimuló la producción de artículos, como huevos, carne de
aves, calzado, mantequilla, queso, leche condensada y otros.
Sin embargo, en el marco de la crisis mundial iniciada en 1929 y la
inestabilidad política creada por la desmesurada ambición de poder del
Presidente Machado, los progresos en la diversificación productiva fueron
limitados.
Con la constitución de 1940, posiblemente una de las más avanzadas de su época,
también se crearon grandes expectativas de desarrollo. En particular, en cuanto
a la propiedad de la tierra y la terminación del latifundio que quedó
proscrito en el Artículo 90. Las leyes complementarias nunca se concretaron.
Por ello, se mantuvo la dependencia de la economía a un solo producto y a las
veleidades de su cotización.
Esta negativa característica fue abordada por muchos insignes cubanos y
misiones extranjeras, como la del Banco Interamericano de Reconstrucción y
Fomento, presidida por Mr. Francis Adams Truslow, que a principios de los años
50 en un informe al Presidente Dr. Carlos Prío Socarrás, expresó lo siguiente:
“La disyuntiva ante el pueblo cubano es clara. Puede aprovecharse de la
presente oportunidad para comenzar la sustitución de su actual economía estática
por otra dinámica, creciente y diversificada, evitando así su dependencia de
un solo cultivo. Esa puede ser una larga y ardua tarea. Implicará grandes
esfuerzos y algunos sacrificios de la tradición y de la comunidad. Pero podría
disminuir los actuales riesgos e inestabilidades, y preparar la economía para
el caso de que sobrevenga una reducción de la demanda y en el precio del azúcar
a medida de que se intensifique la competencia debido al aumento de la producción.
El camino es claro y la Misión cree que no escoger la alternativa dinámica
puede traer para Cuba consecuencias de la mayor gravedad. La prosperidad bélica
ha creado en Cuba nuevos niveles de vida para muchas gentes. Si su economía no
puede sostener ese nivel en tiempos menos prósperos –al menos en grado
razonable- sobrevendría una tirantez política. Si los líderes se han
descuidado en prever esta posibilidad, la opinión pública los inculpará. Y si
ello ocurriera, el control podría pasar a manos subversivas y engañosas como
ha ocurrido en otros países, donde los líderes no se han dado cuenta de las
corrientes de estos tiempos”.
Como conclusión puede afirmarse que la historia de la República de 1902 a 1959
arroja muchos aspectos positivos que indican el carácter emprendedor y
progresista de los cubanos. Pero al mismo tiempo demuestra que se fue incapaz de
reaccionar a las nuevas circunstancias nacionales e internacionales.
En la República que surja de las ruinas del totalitarismo, deberán ser
consideradas estas experiencias para que sea construida una sociedad donde, además
de florecer la libertad, predomine un clima de justicia social y la solidaridad
entre los cubanos.