La esposa, la presa, la madre y el olvido
Mujeres contra la indolencia: ¿Se puede
preguntar cuántos rounds tiene la pelea cubana contra los actuales demonios?
por ILEANA FUENTES, Miami
El pasado 24 de octubre una cubana de 36 años fue ingresada en el
Hospital Psiquiátrico de La Habana con una crisis depresiva aguda.
La enferma no es una "Juana de barrio" cualquiera: es Kirenia Guerra
Lugo, la esposa de Nelson Molinet, un preso político cubano a quien
le han echado aún más años sobre su sentencia de 20, dentro del
mismo penal. Están acabando con su marido. Han acabado con su
familia. Quieren acabar con su hijita de 5 años de edad, y están
logrando acabar con ella. Molinet se pudre en Kilo 8, en Pinar del
Río, y ahora a Kirenia se la han llevado a Mazorra.
"Yo no sé cómo está Oscar", afirmaba recientemente Miriam Leyva, su
esposa. A Leyva no le dejan ver a Espinosa Chepe desde finales de
agosto, ni tiene noticias de él. Así se tortura a la esposa de un
opositor condenado a 20 años en la reciente redada, un hombre
enfermísimo que tuvo que ser trasladado desde la prisión Chafarina,
en Guantánamo, al Hospital Carlos J. Finlay en La Habana, dada la
gravedad de su cirrosis hepática.
La última vez que Miriam vio a Oscar —luego de 51 días sin acceso a
él—, fue por una ínfima hora en ese mismo hospital, en una celda sin
ventilación, cuyo baño carece de luz y agua. Le comunicaron, además,
que a partir de una fecha aún no señalada, las visitas serían sólo
una al mes.
Elsa Morejón mantiene viva la presencia y los ideales de su marido
preso, y tuvo que celebrarle por carta su último cumpleaños este
julio que pasó. "Hace muchos meses no nos permiten abrazarte y
hablarte pero hoy no podrán evitar que llegue a ti el abrazo y el
beso espiritual que te envían tus padres, esposa, hijos, familiares
y amigos… o que otra golondrina penetre en tu celda y desde el
corazón de las tinieblas te cante una melodía que seguro despertará
tu corazón y lo llenará de gozo". Oscar Elías Biscet cumple una
condena de 20 años en la prisión Kilo Cinco y Medio, en Pinar del
Río; es la tercera vez que habita el presidio político. Elsa Morejón
cumple igualmente una sentencia, pero en la calle, a 200 kilómetros
de su marido, luchando por su libertad y acosada por los oficiales
de la Seguridad.
Blanca Reyes nunca quiso ser política. El opositor era Raúl,
laureado poeta que un día también llegó "hasta aquí" y decidió
fundar una de las primeras agencias de prensa independiente de Cuba.
Raúl Rivero y Cuba Press: entes inseparables. Hoy Blanca es portavoz
de todo un movimiento, por su marido preso y por el resto de los
opositores encarcelados. Para ver a Raúl, Blanca Reyes, que tiene
más de cincuenta años, tiene que viajar 423 kilómetros desde La
Habana hasta la provincia de Ciego de Ávila, donde se consume su
marido, el periodista disidente.
Cuida además de su anciana suegra; se cuida de la Seguridad; y
descuida su propia salud para no desviar ni un centavo, ni un
segundo de la cruzada que ha emprendido. Y porque la injusticia es
ley en su país, a Blanca Reyes se le niega el derecho de abrazar
tanto a su hijo Miguelito, que reside fuera de la Isla, como a su
marido, que reside en Canaleta, cortesía de la represión del régimen.
Yamilé Llánes Labrada, esposa del cirujano y periodista
independiente José Luis García Paneque, sólo puede ver a su esposo
una vez cada tres meses. En la prisión provincial de Santa Clara, a
395 kilómetros de su familia, García Paneque cumple una sentencia de
24 años impuesta el pasado abril. Yamilé es una madre que tiene que
lidiar con cuatro niños que quieren ver a su papá y no pueden. Tiene
que lidiar con su propia desesperación y soledad, y guardar una
semblanza de normalidad a sabiendas de que su compañero está
seriamente desnutrido, que padece de claustrofobia y que se da
cabezazos contra las paredes de su celda, y llora porque extraña a
sus seres más queridos. Yamilé sabe, además, que las autoridades del
penal le administran psicofármacos a su marido. Sabe que se lo están
aniquilando. Sabe que el padre de sus hijos saldrá de prisión un
guiñapo humano.
Rodeada de libros y de proyectos sociales tronchados por el momento,
aguerrida por la hipertensión y por padecimientos
gastrointestinales, Gisela Delgado Sablón enfrenta la vida, desde
marzo de 2003, sin el apoyo y aliento de su marido. A Héctor
Palacios Ruiz lo sentenciaron el pasado abril a 25 años de prisión.
Le han quitado su compañero, le han imposibilitado la maternidad, le
han secuestrado el sueño de una familia. Si eso fuera poco, también
le han robado los libros, le han destruido la biblioteca que había
ido conformando para todos —la independiente "Dulce María Loynaz"—,
le han abortado su proyecto de estudios sociales sobre la mujer, y
le han impuesto un tortuoso peregrinaje de 147 kilómetros para
llegar a donde su marido enfermo en la prisión Kilo Cinco y Medio,
en Pinar del Río. Lo que no han podido quitarle a Gisela Delgado es
la tenacidad y la fe. Ha emplazado al gobierno, le ha exigido
cuentas al propio comandante; ha enunciado llamamientos, dado
entrevistas, aglutinado a otras esposas. No obstante, toda esperanza
de una vida común y corriente le ha sido vedada "de un chivatazo".
Maritza Calderín mueve cielo y tierra por su marido, el activista de
derechos humanos y abogado Juan Carlos González Leyva. Calderín le
ha escrito a mucha gente, incluyendo Kofi Annan en Naciones Unidas,
el pasado mes de mayo. Pero por mucho que lo intenta, ni su amor ni
todas las gestiones del mundo han podido resolver los obstáculos y
torturas intencionales que sádicamente le infligen a su esposo en
presidio, que van desde gases tóxicos en el ambiente de su celda,
líquidos irritantes rociados sobre su cuerpo que le impiden respirar
e incluso dormir, piedras y otros objetos en su camino para que se
accidente, cristales e inmundicias en su comida, cucarachas,
gusanos, piojos, ratones y todo tipo de alimañas en su camastro y en
su celda.
González Leyva es un cubano ciego. Lleva año y medio preso, y sin
juicio. Se le acusa de desacato, desobediencia y escándalo público.
Lo mantienen confinado en la sede de Seguridad del Estado en
Holguín, a unos 200 kilómetros de su casa. Esa distancia es el
calvario periódico de Maritza Calderín.
¿Hasta cuándo tendrán que sufrir tanta ignominia las estoicas
esposas cubanas?
Martha Beatriz Roque Cabello continuaba en delicado estado de salud
el 29 de octubre, último día en que su sobrina la visitara en la
sección hospital de Villa Marista. Roque Cabello sigue con el azúcar
de la sangre muy descontrolada, y tiene un lado de la cara hinchado.
Una reclusa con quien comparte la celda la ha amenazado de muerte.
Además de las 40 libras que ha bajado en estos meses, y de la
hipertensión y el cuadro hiperglicémico que presenta desde su
arresto mismo, ni los médicos ni los alergistas dan en el clavo
clínico.
Con ella, como con Espinosa Chepe y con Vázquez Portal, se lleva un
tratamiento de lesa negligencia médica. A eso hay que añadirle el
estado depresivo general que enfrenta la economista independiente,
condenada a 25 años de prisión, y el hecho de que no se le permite a
su sobrina —único familiar— que le traiga alimentos más acordes a
sus padecimientos. Las órdenes de las autoridades carcelarias son
estrictas: o come la comida de la cárcel, o que se muera de hambre.
¿Por cuánto tiempo más podemos dejarle la agenda de gobierno a
depredadores y gángster?
Cuando Isabel Ramos visitó a su hijo Arturo Suárez el pasado 24 de
octubre, en la prisión Combinado del Este, lo encontró "maltratado,
pálido y muy débil" en su décimo día en huelga de hambre, "en
protesta por las humillaciones, maltratos y amenazas a que son
sometidos constantemente por parte de la Seguridad del Estado del
penal".
Ada Borrego, madre de Horacio Julio Piña, sentenciado a 20 años de
cárcel en abril de 2003, sabe por boca de su hijo que su estado de
salud es crítico debido a una bacteria, y también por serias
lesiones que sufre en el área cervical de la columna. ¿Qué hace una
madre que se entera de semejante noticia por teléfono?
Las cartas y los telegramas que Mireya de la Caridad Pentón Orozco
le envía a su hijo Léster González, prisionero de conciencia que
cumple 20 años en la prisión Kilo 8, en Santa Clara, se pierden o se
retrasan. Los teléfonos en la prisión llevan meses rotos. Los
opositores y sus familiares se han quejado, pero nada cambia. Mireya
y los otros familiares coinciden en que la interferencia es una
forma de tortura sicológica dirigida no sólo hacia los nueve presos
de conciencia allí recluidos, sino también hacia ellas, las madres y
esposas.
Clara Chepe Núñez está segura de que cuando ella visitó a su hijo
Oscar Espinosa el pasado mes de agosto, éste "estaba bajo los
efectos de alguna droga. No podía articular bien las palabras, no
tenía concentración, no podía expresarse". Horas y horas hacen
esperar los guardias de la prisión a esta anciana de 95 años para
ver a su hijo, injustamente preso e inevitablemente enfermo. Visita
que ella sólo podrá realizar mientras a Oscar lo tengan ingresado en
el hospital militar de la capital, pues le será imposible cuando
vuelvan a trasladarlo a la prisión que le fue asignada, Chafarían,
en Guantánamo, a 910 kilómetros de La Habana.
Clara Chepe le ha escrito a María Santísima por la libertad de su
hijo: a Fidel Castro; al presidente español, José María Aznar; al
secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan. Una viejita
cubana clama por justicia para su hijo. ¿De dónde la indolencia que
la rodea?
Hortensia Castañeda ni levanta los ojos para ver al visitante. Pasa
las mañanas y las tardes meciéndose en su sillón, mientras Blanca,
su nuera, atiende los asuntos del prisionero de conciencia Raúl
Rivero. Llora a menudo, sobre todo cuando le mencionan al hijo
preso. En la privacidad de su alcoba, le ha prendido a cada santo
una vela.
Unos años atrás, el régimen le impidió reunirse con su otro hijo que
viajaba a Cuba para verla. No lo dejaron salir del aeropuerto José
Martí por el simple parentesco con un disidente. Hortensia no ha
podido abrazar más a ese hijo, y ahora le falta también el que tiene
en Cuba. Porque a sus 84 años, Hortensia no podrá hacer el viaje de
423 kilómetros hasta Canaleta, en la provincia de Ciego de Ávila,
para visitar a Raúl. Mientras una viejita reclama, otra viejita
llora. ¿Qué clase de país hemos engendrado?
¿Hasta cuándo tendrán que padecer este suplicio las desconsoladas
madres cubanas?
Claudia Márquez, periodista independiente de 27 años, esposa del
opositor Osvaldo Alfonso, condenado a 18 años de prisión el pasado
abril, fue detenida por la policía política cubana el jueves 30 de
octubre. Márquez, que es madre de un niño de seis años, es co-
editora de la revista disidente De Cuba. Hace unos días fue
amenazada por agentes de la Seguridad del Estado, quienes le
advirtieron que de seguir publicando la revista correría la misma
suerte que su esposo.
A pesar de su gestión personal como esposa de un opositor
encarcelado y de velar por el bienestar de su hijito, y a pesar de
la campaña en pro de la libertad de todos los opositores y su
participación solidaria con las madres y esposas de los 75, Márquez
puso en circulación hace algunas semanas el tercer número de la
revista bimestral, cuyas 62 páginas fueron dedicadas a los
opositores encarcelados.
La integridad física y la libertad de la periodista independiente,
ahora esposa de un prisionero de conciencia, están en remojo sobre
los escritorios segurosos de Villa Marista. ¿Es ésta la sociedad
justa y equitativa o el futuro mejor que le prometió la revolución a
esta joven —la contraparte femenina del "hombre nuevo"—, nacida el
mismo año en que se adoptó la actual Constitución socialista de Cuba?
¿Hasta cuándo tienen que esperar las cubanas por "la dignidad plena"
de la que habló Martí?
Clara Abraham lleva días y noches sentada en la escalinata del
Castillo del Príncipe, prisión donde su hijo Pedro Luis lleva 53
días en huelga de hambre. Son las 6 y 10 de la mañana del 24 de mayo
de 1972, y Pedro Luis Boitel Abraham, líder estudiantil católico,
acaba de morir de inanición en el pabellón médico del penal donde,
según sus compañeros, fue trasladado ya casi muerto esa misma
madrugada y abandonado a su suerte sin intervención o asistencia
médica. Dentro de unas horas, a Clara Abraham le darán fríamente la
noticia de que su hijo ha muerto.
"¿Tú sabes lo que es no entregarle a una madre un cadáver?… Tú sabes
lo que es no saber cómo murió… Tú sabes cómo persigue. Fui a
llevarle unas flores… al hacerlo me salieron como 200 mujeres de
turba. Sin hacer nada. Sin moverse nada. Vinieron aquí a requerir,
las tuve que botar de esta casa. Estoy pidiéndome paredón yo, que me
den paredón. ¡Han matado a mi hijo! Óyeme, me lo han llevado…Me lo
han matado… me lo han matado ellos…¡Ay! Ese hombre le dio un ejemplo
al mundo. Y yo no sé ni cómo murió mi hijo… Tú sabes lo que es,
ayer, anteayer fuimos 12 mujeres, tristes mujeres, familiares de
presos… porque ellos no lo dieron por miedo, porque tenían miedo a
que se fuera a levantar el pueblo. No lo dieron por miedo, porque le
tuvieron miedo hasta después de muerto" (De una conversación
telefónica de Clara Abraham, desde Cuba, y reproducida en: Guillermo
Cabrera Infante. Vista del amanecer en el trópico).
¿Se puede preguntar cuántos rounds tiene la pelea cubana contra los
actuales demonios?