CADA CUAL EN SU CELDA
Por José Antonio Zarraluqui*
Colaboración:
Paul Echániz
E.U.
El Nuevo Herald
La Nueva Cuba
Julio 2, 2003
La cárcel es una institución casi tan vieja como la humanidad. Desde que
los hombres descubrieron que no siempre era preciso cortar la cabeza de
los enemigos ni comerles el corazón porque, al contrario, manteniéndolos
vivos les podían sacar mayores lascas, las ergástulas, los barrotes y
los cepos se pusieron a la orden del día. Pero hay prisiones y prisiones
y no todos cuantos las habitan experimentan idénticas penurias. A buen
seguro que Cervantes no padeció lo mismo en Argelia, capturado en
combate, que en su amada península, condenado al hueco en tanto cobrador
de impuestos sorprendido en trapisondas. Ni sufrió lo mismo un Galileo,
mientras negociaba sus retractaciones, que una María Antonieta, que
calculaba de qué manera elegante acomodaría su hermoso cuello de cisne
en el semirredondel estrecho y tosco que le dejaba la guillotina.
Los cubanos, tras cuarenta y tantos años de cárceles innumerables y en
apariencia infinitas –un viceministro del Interior llegó a afirmar que
cada ciudadano debería pasar al menos una vez en su vida por la cárcel–,
probablemente tendrían algo de peso que decir al respecto. Lo malo es
que a los cubanos anticastristas, por inercia o aburrimiento, nadie les
hace ni pizca de caso, pero ¿quién que sea de verdad cubano no ha estado
preso en Cuba?, puede preguntar casi cualquier cubaniche. Qui qu'est ne
pas romantique?, se interrogaba Rubén Darío.
En Miami, al FBI le llegó el momento en que no pudo soportar más el
actuar a lo descarado de los agentones cubanos que por cientos mantiene
La Habana en esta plaza y pescó a unos cuantos. Los llevó a los
tribunales y fueron juzgados por ciudadanos imparciales –entre los que
brillaron por su ausencia los cubanos, dato importante– y la sentencia
resultó en que no sólo se trataba de espías, sino de asesinos, porque la
consecuencia de los informes que enviaron a su centro en Cuba fue la
muerte de cuatro personas, tres de ellas ciudadanos norteamericanos, que
volaban mansamente en espacio aéreo internacional a la búsqueda de
balseros desnortados.
Pero los cinco espioasesinos tienen receptores de radio y televisión
particulares en sus celdas imperialistas, pueden pedir las lecturas que
se les ocurran y se comunican un día sí y otro también con quienes
desean, no sólo porque la libertad restringida de los Estados Unidos les
permite a los compañeros que los atienden desde La Habana conectar con
ellos cada vez que se les antoja, a pagar en la capital cubana, sino
porque con el dinerito de los impuestos en Norteamérica, incluidos los
impuestos de los anticastristas, esto es, ''la mafia terrorista de
Miami'', a cada uno de esos degenerados se les conceden trescientos
minutos mensuales de parla telefónica for free con sus abogados, jefes
de estación en La Habana, Washington y New York y, por lo demás,
dondequiera.
En contraste con la vida que se dan los cinco espioterroristas cubanos
en las cárceles yanquis, ochenta infelices allá en la isla, por ser poco
o nada simpatizantes del compañero comandante en jefe, de repente vieron
sus casas asaltadas, a sus niños y hasta a sus familiares lejanos
aterrorizados, sus escasas pertenencias confiscadas, sus propias
personas capturadas y, en cuestión de días, condenados a penas tan
grandes que no las brinca un chivo, mucho menos la mitad o así de ellos,
que ya pasan la media rueda y no están para brincos de ninguna clase.
A los ochenta infelices los distribuyeron por las prisiones de toda la
isla, con lo cual, dadas las largas distancias y las casi insuperables
dificultades para moverse de un lado a otro por el territorio nacional,
están condenando además a las familias, algo muy mal visto en los
códigos que tienen que ver con los derechos humanos, pero que a la mafia
terrorista de La Habana le tiene sin cuidado.
Aunque las comparaciones son odiosas, no puede uno dejar de acordarse de
Angela Davis. Tan inteligente que había llegado a profesora
universitaria, y tan rebelde. Recuerdo que de la radio cubana, defensora
valiente de los derechos de las minorías en cualquier parte del mundo
como sabemos que es –excepto en Cuba– le preguntaron a la Davis:
— ¿Y cómo eres capaz de soportar, compañera Angela, esas condiciones
terribles, infrahumanas, de las prisiones yanquis?
— Porque creo en Marx –vino a decir la filósofa de pacotilla–, porque
creo en Lenin y, sobre todo, porque creo en Fidel. Te diré. Las
autoridades racistas de esta cárcel llevan tres días seguidos ¡tres!
sirviéndome a la hora del lunch un bistec así de grande con muchas
patatas fritas y lascas de cebolla. ¡Pero es que yo odio la cebolla!
— Aparte de que, con toda seguridad, pretenden engordarte con las papas
fritas.
— ¡Pues a mí nadie me va a engordar, ni física ni ideológicamente.
Y Fidel Castro, cuando estuvo en chirona, ¿cómo la pasó? Pues no tan
mal, a pesar de que había escrito ''en cuanto a mí, sé que la cárcel
será dura como para nadie'', teniendo en cuenta que el director de la
prisión en persona lo invitaba a comer en su casa en ocasiones y algunas
noches lo llevaba al cine en Nueva Gerona, atenciones que Fidel,
agradecido que es, cuando tomó el poder le pagó al buen hombre
fusilándolo.
Había ido a parar al Presidio Modelo de Isla de Pinos por el ataque al
Cuartel Moncada, en el que sus compañeros armaron una degollina de padre
y muy señor mío entre los soldados hospitalizados. Aunque los atacantes
iban disfrazados con el uniforme de los atacados, no fueron juzgados por
lo militar, y las penas que recibieron fue cosa de reír, la mayor de
todas la impuesta al propio Castro, 15 años, que ni siquiera cumplió,
porque a los dos y medio todos resultaron indultados. Pero mientras
estuvo allí dispuso de una enorme celda para él solo, centenares de
libros, refrigerador y cocinilla propios, y se zampaba sólo suculencias
que él mismo confeccionaba, seguidas de café criollo y un H-Upmann No.4.
Léanse para que vean el libro que el lambiscón de Mario Mencía le dedicó
a esos años duros del compañero sacrificado en jefe: La prisión fecunda.
Decididamente, en este mundo a muchos les toca vivir en un calabozo,
pero los calabozos no suelen ser los que se merecen, llámense Castro,
asaltantes del Moncada, espioterroristas, Angela Davis o bibliotecarios
independientes en Cuba.
© FIRMAS PRESS
*José Antoni Zarraluqui es escritor cubano y redactor de El Nuevo Herald
de Miami.