LA RASTRA DE LA MUERTE. EL ASESINATO POR ASFIXIA DE MIEMBROS DE LA BRIGADA 2506


Relación de los asesinados por sofocación dentro de la Rastra: Alfredo José Cervantes Lago - José Daniel Vilarello Tabares - José Santos Millán Velasco - Hermilio Benjamín Quintana Pereda - José Ignacio Macía del Monte - Santos Ramos Alvarez - Pedro Rojas Mir - René Silva Soublete - Moisés Santana González --- GLORIA ETERNA .. Descansen en Paz


La historia de los hechos

Del nombre Brigada 2506.

Se debe al accidente acaecido en los campamentos de entrenamiento en Guatemala, de un miembro de la Brigada que llevaba el número 2506.

ANTECEDENTES

En al madrugada del 17 de Abril de 1961, unos mil docientos cubanos exiliados desembarcaron por la costa sur al centro de la Isla de Cuba (ver mapas en Menú), con el propósito de establecer una cabeza de playa y, de acuerdo a los planes, a los tres días nombrar un gobierno cubano en armas. Dicho gobierno contaría con el respaldo de la Administración del Presidente de los Estados Unidos, J. F. Kennedy, el cual había financiado y entrenado en Guatemala y Nicaragua a la Brigada 2506.

Después de tres días de intensos combates, donde perecieron más de cien brigadistas y cientos de integrantes de las fuerzas del gobierno comunista de Cuba, debido a que se le acabaron los pertrechos de guerra, y a la palabra incumplida por parte del gobierno del Presidente Kennedy, el de darle protección aérea, la jefatura militar de la Brigada 2506 rompió los equipos de comunicación donde conminaban a sus "aliados" dicha cobertura aérea, y ordenó la retirada.

Desde ese momento de orden de retirada, comenzaron a ser tomados como prisioneros de guerra cientos de los integrantes de la Brigada 2506, mientras otros podían internarse en los pantanos de la zona y mantenerse escondidos entre la tupida vegetación.

Los Sucesos.

El día 22 de Abril, las fuerzas del gobierno marxista agruparon en el teatro de operaciones a un gran número de miembros de la Brigada 2506 capturados, y bajo la supervisión del comandante comunista Osmany Cienfuegos, comenzaron a montar en una rastra a los brigadista 2506, hasta llegar a más de cien, donde algunos se encontraban heridos.

Al momento en que los militares del Gobierno iban a cerrar la puerta de la mencionada rastra, y la cual era de aluminio, algunos de los Prisioneros de Guerra protestaron, puesto que al cerrarse no tendrían ninguna ventilación, a lo que el Comandante Osmay Cienfuegos les manifestó: -“Si se mueren, mejor así, pues no tendremos que fusilarlos”-.

La Rastra partió hacia La Habana con una temperatura promedio de 80 grados Fahrenheit. Ya a la altura de la ciudad de Colón, el ambiente dentro de la Rastra era aterrador, faltaba el aire, el intolerante calor enrarecía las mentes, moría uno, otro y otro; buscaban, arañaban con las hebillas de los cintos, con las uñas, el piso y las paredes de aquel siniestro ataúd gigante. -“Traerlo aquí, que hay una pequeña rendija para que respire”- le decía a un compañero que se encontraba cerca de uno de los heridos moribundos. HORROR, patético horror de aquellos hombres que habían ido a luchar por un ideal democrático. Hombres, soldados que en su condición de Prisioneros de Guerra, hacían llenarse de bochorno y vergüenza a los engavetados papeles de la Convención de Ginebra.

Que tiempo había transcurrido antes de que la rastra se detuviera, un día, una semana, un mes; para aquellos hombres ya el tiempo no contaba. Pero si, era cierto, la Rastra de la Muerte se encontraba sin movimiento. -“Ha fallecido otro compañero”-, grito uno que se hallaba al final de la Rastra. No se había terminado de oír la infausta noticia, cuando en elocuente discurso de asesinato, comenzaron a escucharse disparos. -”Todos al suelo, que nos están tirando”- Al terminarse los disparos, se oyó una voz que desde afuera, les expresaba: -”Aquí en Matanzas los vamos a matar, antes de que lleguen a La Habana”- Efectivamente, los disparos habían sido dirigidos a la Rastra, y gracias a los agujeros provocado por las balas, la Rastra de la Muerte al llegar a La Habana, no se había convertido en un total holocausto.

Al abrir sus puertas frente al Palacio de los Deporte en La Habana. con la vergüenza reflejada en el rostro de algunos milicianos y la bestial e inhumana sonrisa de otros, uno tras otro fueron sacando de la RASTRA DE LA MUERTE, los cadáveres de estos Mártires cubanos.


 

  «La Patria no es de nadie: y si es de alguien, sera, y esto solo en espiritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia».

José Martí
 
 



«YO IBA EN LA RASTRA DE LA MUERTE»


Un Reportaje especial de la Revista «Tridente» por Benjamín de la Vega. En «El Avisador» reproducimos el relato y lo dedicamos a Alfredo Cervantes ("Cuco"), José Ignacio Macia, René Silva Soublete, José Millán, Santos Gil Ramos, Hermilio Quintana, Moisés, Santana, José Vilarello, a sus familiares, especialmente a sus hijos.

Recién liberados los invasores miembros de la Brigada 2506, el periodista Benjamín de la Vega se dío a la tarea de entrevistar a los supervivientes de la Invasión que recién obtenían la Libertad después de casi dos años de prisión en las ergástulas castristas. Con la cooperación de nuestro director, el también brigadista Edgar A. Fernández y muchos miembros de la Brigada 2506 que relataron sus experiencias, así se publicaron los abusos que fueron cometidos en violación de leyes intenacionales a prisioneros de guerra y los derechos humanos de los prisioneros y sus familiares a raíz de la invasión de Bahía de Cochinos.

Como un homenaje a esta importante fecha para los cubanos en el exilio y en nuestra patria, el semanario 'El Avisador' reproduce el relato y se le dedica a las personas arriba mencionadas, que todas sintieron el terror que compartimos en aquella rastra No. 319 de la empresa 'Interamerica S.A.', cuyo propietario Mike Padrón, por ironías del destino fue uno de los 190 prisioneros que participaron en el fatídico viaje en que perdieran la vida valiosos patriotas que habían peleado de frente a los traidores que vendían la patria al imperialismo ruso.

Dejemos que el reportage de Benjamín de la Vega descorra el terror según lo contaba el brigadista Edgar A. Fernández, recíen liberado de la pesadilla de perder una batalla que pudo haber significado la libertad de su patria, oportunidad que se perdió por la traición a la Libertad y al Pueblo de Cuba.

"Nueve horas duró aquel fatídico viaje, semi inconscientes, caídos unos encima de otros pisando los cadáveres de nuestros compañeros muertos, los prisioneros que íbamos rumbo a La Habana. Han pasado ya 36 años de la execrable masacre, en que la crueldad comunista produjo la muerte a prisioneros y graves síntomas de asfixia a otros 120. La historia demanda un recuerdo de este vil episodio. En el fragor del combate todo se concibe y hasta todo se perdona, pero sólo los cobardes se ensañan con los que son prisioneros. El autor de esta masacre lo fue Osmanni Cienfuegos, el que aún años después de este episodio no se le ha encontrado una solo referencia histórica que combatiera frente a los invadores...

La fecha fatídica es la del sábado 22 de abril de 1961 . Cinco días después del desembarco heroico en Bahía de Cochinos, en el sur de la bella isla de Cuba. 1.500 bravos combatientes se enfrentaton a fuerzas superiores estimadas en unos 62,000 hombres, fue una batalla de honor. El día 21 unos 20 hombres de mi batallón, el segundo de infantería, habíamos sido capturados en la parte noroeste de la Ciénaga de Zapata, ya habíamos casi roto el cerco que rodeaba los pantanos de la misma, y nos dirigíamos al Central Australia. Al ser hechos prisioneros fuímos enviados nuevamente al sur hacia el poblado Girón, los prisioneros éramos hacinados en unas casitas de mampostería del centro turístico que allí se había construido...

Ya nuestro grupo, llevaba cuatro días sin ingerir alimentos. El cansancio terrible que teníamos, vencía la incertidumbre y las inquietudes de nuestro espíritu, nos reconfortaba cada vez que veíamos la cara de algún compañero con el cual se había perdido contacto durante las batallas. El cansancio físico pudo más que nuestro dolor ante la derrota y el sueño nos venció. La mayoría dormía plácidamente y solo nuestro sueño era interrumpido por disparos y bombas esporádicas en la lejanía o el quejido de los que heridos, permanecían en aquellos cementos fríos sin atención médica. Al despertarnos y sentir los motores de camiones que arribaban, nos daba ira ante la impotencia, y nos preguntábamos, "¿Señor, porqué Señor?..."

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A medida que avanza el relato, los terribles días que sembraron luto en el pueblo cubaño y que llevaron a las cárceles a casi 300,000 personas, el joven ex-combatiente no se detiene, con respiración entrecortada y acelerada continúa. El sudor perla de continuo su ancha frente, con señas de una calvicie incipiente a este joven nacido en la Provincia de Oriente de sólo 30 años.

En el confortable 'Florida Room' de esta casa del noroeste de la ciudad de Miami, revive los momentos más difíciles de este joven cubano. "La pérdida de una batalla ", nos dice Edgar A. Fernández, no cambiará el destino de nuestra patria, y prosigue el relato...

Al amanecer después de largas horas de combate, en las arenas de 'Playa Larga', los encuentros casuales con tropas en su viaje al norte para romper el cerco, habían dejado marca en la fortaleza de aquellos hombres valerosos. Serían aproximadamente las seis de la mañana cuando los prisioneros fueron sacados de las casitas, y alineados mientras los escoltas anunciaban jubilosos... 'usted es ahora el campo de tiro de Limonar que allí quedan...', los fusilan, y se acabó...

"Las puertas de la rastra abiertas de par en par, era un camión refrigerado, estaba guiada por un señor que fuera empleado de la empresa y que fue plenamente identificado por el que fuera dueño de la 'Interamericana' como Rafael Arteaga, chofer y Rafael Pérez Rubajal, como ayudante. La siquis de revivir el tormento de largas horas al sol y los insultos de las turbas hacen que aún 36 años después nuestro entrevistado se remueva en su asiento, rompe el momento de tensión la llegada de su esposa Magaly y su hijo de su rnismo nombre, y continúa... Edgar nos dice mirando a su pequeño hijo... 'Benjamín, mi hijo nació en la patria de Lincoln, algún día encontrará en los libros de historia de nuestra patria él y muchos que nacerán en este destierro y regresarán a nuestra patria y aprenderán, al repetirse las historias de este exilio; es necesario que trabajemos todos en este proyecto de crear un 'Museo para la Brigada 2506 para el exilio, para que quede grabado y no se olvide el sacrificio de nuestros hermanos...’

Al continuar el relato, Edgar ha controlado sus emociones, 'Si es verdad', nos dice, que no olvidará aquellos que altaneros ante el triunfo sobre la Brigada tomaron venganza con sus compañeros como el que mató al 'Indio', un brigadista oriental que fue bajado de un camión a la fuerza por un miliciano que demandaba sus cadenas, reloj y sortijas, y al negarse a entregarlas fue ametrallado ante el horror de todo los presentes. Aquí, nuestro entrevistado luce pensativo, y dice ‘cobarde seguro, que en la batalla de la rotonda no tuvo el valor de avanzar y continúan en la guerra, los guapos de retaguardia son los que cometen estas fechorias...’. La llegada de Osmani Cienfuegos, un personje de los muchos que tomaron grados al arribo de la chusma fidelista, era Ministro de Obras Públicas como encargado de la transportación de los prisioneros, fue el verdugo de nuestros compañeros.

'Fui de los primeros en subir', lo que me situó necesariamente en la parte delantera y con menos luz, algo me hizo arrodillarme y encomendar mi alma al Señor, antes de desembarcar, en mis horas de batalla en ningún momento recé con más fervor y más profundamente perdí perdón por mis faltas al Señor, y expresé: ‘Señor aquí estoy en tus manos, encomiendo,mi espíritu...'Según fueron subiendo aquellos compañeros de armas, los abrazos de despedida o saludo a aquellos que no habíamos visto y palabras de consuelo, casi tres horas duró esta tortura, los camiones se mantenían en el mismo lugar y el radiante sol tropical calentaba el aire que se hacía más caliente y el sudor bañaba nuestros cuerpos...'

Aquel horno increíoble en que estábamos encerrados nos tenía al borde de la locura. A cada parada de la rastra, en las postas del camino, nos agotábamos dandonos golpe contra las paredes del camión y sus puertas. Clamábamos por aire y por agua. Más desde afuera, recibiámos una hosca e inhumana respuesta: 'No nos importa que se ahoguen... Callense o los ametrallaremos a todos. Nos dá lo mismo aquí que en el campo de tiro del Limonar'.

La evaporación de nuestros cuerpos se había concentrado en el techo de la rastra, cayendo hacia nosotros en forma de continúa llovizna. Un hedor terrible producido por nuestros cuerpos ausentes de baños desde hacía una semana, aunado al orina y al excremento expulsado por los qué se desmayaban o morían asfixiados, creaba una situación imposible de soportar, sin perder el control. Así chapoteando en aquellas miasmas, iba aumentando nuestro suplicio, mientras las horas transcurrían lentamente...

La rastra transitaba por las calles de La Habana, de pronto notamos que su marcha se aminoraba o reiniciaba, con mucha lentitud, como si hubiera tráfico, por donde transitaba. El ruido casi constante de los frenos de aire o comprimido, era una tortura más en el silencio donde cuerpos sobre cuerpo medio asfixiados o muertos, sólo se oía el susurro de las oraciones... un silencio angustioso se prendió y todos estábamos conscientes de nuestra tragedia, áquel sarcófago hediondo llevaba lo cuerpos de los mejores hombres que habían participado en un asalto frontal a un bastión comunista de América, nuestros muertos y nuestras torturas daban fé..

«No estábamos equivocados, nuestro sacrificio no sería en vano...»


Benjamin de la Vega

Espeluznante Narración de un Brigadista llamado  Emilio Valdés Calderón

El brigadista Emilio Valdés Calderón, 3099, salió de Cuba el 8 de Noviembre de 1959 y regresó con un rifle an la mano el 17 de Abril de 1961. Fue estudiante de la "Academia Marrero", en el Reparto Almendares, cerca de La Habana, y miembro del Cuerpo de Tallares de la Policía Nacional, en el Cuartel Maestro. Actualmente, 1992, es el Delegado de la Brigada 2506 en California. Su relato del viaje en «La Rastra de la Muerte» es profundamente conmovedor, al mismo tiempo que causa indignación por la crueldad y bajezas de los comunistas.



(Entrevista)

En la Ciénaga... en la rastra...

No, no: no vamos a leer un episodio de horror cometido durante la ocupación de Polonia por los nazis. No, no: no relataremos cuando miles de judíos eran apilados en vagones de trenes completamente cerrados, en los que viajaban desde Varsovia a Treblinka: el Campo de la Muerte donde fueron exterminados más de un millón de hombres, mujeres y niños.

Lo que expondremos a continuación es el testimonio de un cubano, miembro de la Brigada de Asalto 2506, quien sobrevivió en el macabro y gigantesco refrigerador ambulante del tirano Fidel Castro.

Emilio estuvo en aquella rastra de Torquemada en la que perecieron asfixiados nueve brigadistas y un jóven que, por equivocación o venganza personal, fue introducido en esa cámara de torturas que comandó el infame Osmani Cienfuegos, desde Girón a La Habana.

En el local del semanario "20 de Mayo", en Los Angeles, California, vamos a entrevistar a Emilio Valdés Calder6n, 3099 del Cuarto Batallón (Bon-blind) de Infantería de la Brigada. Están presentes otros dos distinguidos combatientes de Girón Orlando Atienza Pérez y Sergio G. Diaz Morejón.

No fue fácil convencer a Emilio - de personalidad introvertida - para que accediera a éste diálogo público, ya que se emociona profundamente cuando recuerda aquellas ocho horas de terror en la rastra. Pero, patriota al fin, por primera vez revela a la prensa su espantosa experiencia.

EN LOS PANTANOS DE LA CIENAGA DE ZAPATA.


Mocetón de seis pies de estatura y 220 libras de peso, de carácter apacible y conducta irreprochable, recta, impecablemente caballerosa, a quien un "Lord" inglés calificaría de "gentleman", Emilio Valdés primeramente nos habla de lo ocurrido en la Ciénaga de Zapata, antes de ser amontonado en la fatídica rastra:

"Del barco Caribe desembarcamos en Playa Girón De allí nos trasladamos al aeropuerto, y con la Tercera Compañía, al mando de Mojica, Ilegamos a Playa Larga en el medio de un feróz combate. El cielo vibraba por los impactos de la metralla.

Al terminársenos las balas, recibirnos órdenes de retirada y tratar de Ilegar a Cienfuegos. En mi grupo habiamos aproximadamente unos 140 hombres. Desde donde estábamos, cerca de San Blás, divisamos un barco aliado a corta distancia de Girón.

Arrancamos un espejo de un jeep que encontramos, y uno de nosotros que sabía Clave Morse transmitió un mensaje hacia dicha embarcación, para que sus tripulantes nos rescataran. Era un buque de Estados Unidos. Nos respondieron que no podían recogernos. Era el 19 de Abril de 1961.

"Nos internamos en Ia Ciénaga y pronto la noche nos cubrió con su negro manto. Paramos en un punto para descansar. Estábamos agotados y sedientes. Dormimos algo, y cuando desperté, como a las cinco o sels de la mañana, pude comprobar que sólo quedábamos unos catorce.

Comenzamos a caminar - algunos casi no podían. Tan débiles nos sentíamos que los rifles nos lucían de 100 libras. Sin comida, sin agua. Pero como un milagro al encontrar alguien un oasis en el desierto, tropezamos con un pozo.

"El agua estaba muy sucia, pero gracias a Dios teníamos pastillas de cloro, y la convertimos en potable. Aparecieron unas boteIlas: no se de dónde salieron. Entonces, usando los pañuelos de todos, logramos llenarlas del precioso liquido. Parecía que estábamos viviendo una fantasía, una película; pero no: era una cruda realidad."

¿Que edad tenía en esa fecha?

Ventidós años, veintidós años... ¡Uffff!... Bueno: mi hermano Francisco estaba conmigo. También mi primo, Humberto Ulloa, y nuestro tío Rosendo VaIdés. Este último se nos perdió, junto con muchos otros. Seguimos deambulando y observamos huellas de una vaca. Febrilmente la buscamos... No era una vaca cualquiera -como la de la canción, usted me entiende... pero ese fue su día de suerte: se nos fue y se salvó... (O no: a lo mejor fue la misma vaca que, despavorida, no lejos atrapó el grupo de San Román: la que fue sacrificada y devorada ... ).

"Fuimos a dar con un bohío muy grande. Allí estaba un campesino, solo, sentado muy tranquilamente. El nos dijo: muchachos, ya han pasado por aqui casi cuarenta de ustedes... Me duele decirles que no tienen salvación: esto está totalmente! rodeado por las milicias. Ese hombre se portó muy bien, y nos dio agua y azúcar.

"Unos jovencitos vecinos nos trajeron yuca, y entonces el campesino nos enseñó la mitad de un billete que le habían entregado aigunos de nuestros compañeros que anteriormente pasaron por allí. El nos aconsejó que para burlar el cerco teníamos que cruzar la carretera adyacente, aunque por élla transitaban muchos camiones del gobierno.

Comprobamos que cada cincuenta pies habla un miliciano de posta. Optamos por dividirnos en dos grupos para hacernos menos visibles. Quedábamos cinco en el mio: mi hermano, Ulloa, Crespo (de 17 años), un entenado de Babún, y un servidor. Ulloa, el mayor de nosotros, fue designado jefe.

PERSEGUIDOS Y APRESADOS.


No queremos interrumpir a Emilio. Su relato es tan drimatico e interesante que nuestras preguntas serian innecesarias. Lo dejamos libre, poseido de sus recuerdos...

Malamente vestidos - disfrazados - de civiles, con ropas regaladas por campesinos, nos hablan aconsejado que si nos paraban los milicianos, dijdramos que 6ramos carboneros de Cayo Ramona. Soltamos las armas largas, las escondimos, y nos quedamos con pistolas, un M-3, y granadas, ademis de nuestros cuchillos comandos. Divisamos milicianos, y gateamos una distancia de dos bloques para eludirlos.

Crespito, después de una misión de avanzada, nos dijo que cerca habla un bohío recién pintado y un pozo de agua. Un helicóptero pasó muy bajo, por encima de nosotros. Volvió Crespito rumbo al bohío, pero regresó gritándonos que se acercaban cientos de milicianos...

En los contornos de San Blás, nos descubrieron. Nos tiraron con todos los hierros. Llovían balas hacia nosotros. Mi primo Humberto resultó herido, y paramos de disparar. Entonces nos capturaron. Un sargento, de color, nos permitió que atendiéramos a Ulloa, quien sangraba profusamente por el costado izquierdo. Le pusimos un torniquete, tal como nos habián enseñado en Guatemala.

¿Hacia dónde los llevaron?

Cada vez venían más y más milicianos. Pensé que no eran cubanos, ya que usaban unos collares muy raros, de huesos y cosas de esas, raras... Entonces, mi primo me dice que había reconocido a uno de los captores. Le dije que se callara, que no dijera nada, pero el muy 'cabezón' le gritó a ese militar, muy grueso 61: iEh, gordo!: ¿no te acuerdas de mi?...

El gordinflón vociferó: a éste lo vamos a fusilar primero... Yo regañé a mi primo: ¡Humberto, Humberto, te lo dije!... pero bueno: nos llevaron a un cacerío y nos dieron pan, agua, y mucha guayaba. iQue manera de haber guayaba allí! Después de tres horas de interrogatorios nos condujeron a Playa Girón. Ya antes habian llevado a Humberto y nos habían dicho que lo estaban operando..."

EN LA RASTRA DE LA MUERTE

Al llegar a Girón nos maltrataron: escupiéndonos, insultándonos, amenazándonos con el paredón. Nos metieron en una casa donde habían muchos más prisioneros. Entre ellos vi a tres que fusilaron después. Uno fue Pérez Cruzata, quien había estado antes con Efigenio Amejeiras, Jefe de la Policia.

Estábamos decididos a afrontar lo que nos deparara el destino. En un cuarto habíamos más de treinta, y allí encontré a mi primo, tirado en el piso. No lo habían atendido.

Ya nos estamos acercando en la entrevista al momento en que más de cien brigadistas iban a ser introducidos en una rastra de fabricación norteamericana, que era empleada para transportar mercancías congeladas. Aunque no por esta vez, que iba a cargar una preciosa humanidad. A pesar de haber transcurridos treintiún años de ese bestial hecho, Emilio Valdés no puede evitar borrarlo de su mente y sufrir una fuerte emoción cuando habla del mismo. Con la voz afectada nos dice:

Nos alinearon frente a una rastra junto a la que estaba parado el Comandante Osmani Cienfuegos (hermano de Camilo). Un señor (Fernández Vila, Oficial del INRA - Instituto Nacional de la Reforma Agraria) lba llamando a muchos, incluyendo a heridos. En esa lista caímos mi hermano Francisco, Humberto y yo.

En el libro "The Bay of Pigs", su autor, Haynes Johnson, revela que el hijo de José Miró Cardona fue interrogado rudamente por Carlos Rafael Rodríguez, pero que no se doblegó a esa rata comunista. Cuando Fernández Vila pronunció el nombre de Erneido Oliva (capturado el 23 de Abril), Cienfuegos le preguntó que tenía que decir. Oliva respondió con su nombre, rango y número de serie. Vila le gritó que estaba insultando a Osmani, a lo que el prisionero erguidamente contestó: "Cállate, que tu no eres más que un ladrón del INRA."Oliva fue sacado de la rastra, lo que posiblemente salvó su vida.

Cuanda ya habían cerca de 110 brigadistas dentro de la rastra, los que eran vejados de palabra por Cienfuegos - Fernández Vila le dijo que se iban a morir asfixiados. Y así se expresó esa hiena de Castro: "No importa. De todas formas los vamos a fusilar! Tráiganme cuarenta cochinos más!

Buenooo.. sigamos ahora con el espantoso relato de nuestro entrevistado, Emilio Valdés:

Ciertas aquellas palabras de Osmani Cienfuegos. Yo las escuché.

Emilio está completamente emocionado. Le cuesta trabajo hablar. Se hace una pausa muy prolongada. Sergio, Orlando y el periodista también callamos. Le aconsejamos a Emilio que no se apure, que descanse. Ya repuesto, continua:

Yo estimo que habiamos 161 prisioneros en la rastra, y un joven de unos 20 años, campesino de la Ciénaga, que no se por qué lo pusieron con nosotros. Antes de entrar, tratamos de aclarar que 61 no era un invasor, pero no nos hicieron caso. Ese jóven fue uno de los que murió asfixiado.

Más de 40 heridos fueron tirados en su interior. Cerrada la puerta lateral, el vehículo fue puesto en movimiento. Tratamos desesperadamente de volcarlo lanzándonos todos contra los lados, pero inútilmente. Las paredes interiores estaban cubiertas con madera, creo de 'plywood', y lo demás era como macilla muy dura, como un zinc. Un paracaidista que sabía Karate logró romper algunas tablas.

Estábamos muy apiñados y el aire comenzaba a faltar. Fue horrible. La oscuridad era total. Se produció un caos. Difícil de describir aquellas escenas... En la parte de atrás de la rastra logramos hacer algunas hendiduras con los metales de nuestras correas, de nuestros cinturones, y un pedazo de hierro que apareció no se cómo. El Infierno del Dante me lució entonces un paseo por el Prado...

LA IMPRESIONANTE MUERTE DE JOSE MILLÁN


Logramos hacer unos cuatro huequitos de más o menos una pulgada y media cada uno, y claro, éramos muchos para todos poder usarlos. Esas ranuras fueron hechas como a unos tres pies del piso. En la parte del frente de la rastra se produce una gran agitación, ya que allí no había respiración alguna.

Algunos de esos hombres, ya casi desmayados, logramos cargarlos, pasarlos hacia atrás y ponerlos juntos a los huecos. Uno de ellos fue Arteaga, vecino mío en Cuba, quien prácticamente muerto, pudimos revivirlo. Mi hermano, el viejo Guerra y su hijo estaban al lado opuesto del ancho de la rastra.

El viejo Guerra nos arengó para que estuviésemos tranquilos pues asi nos ibamos a salvar. Yo use un hueco y después se lo di a un compañero. Unas naranjas que alguien logró introducir, o que un miliciano nos dio en Girón, nos sirvieron de mucho para calmar la sed. Sobre el piso ya estaban mezclados sudores y desechos humanos.

Poníamos nuestras camisas en las Paredes Para absorber la humedad y el frío de la noche, y pasándolas por nuestros cuerpos nos ayudaba a mantenernos vivos y alertas, pues si uno caía al piso, no se levantaba más. Ya algunos habían muerto. Y he aquí lo que más me impresionó en aquel trágico viaje de ocho horas...

Un compañero, José Millán, saltó del piso y me dio en la cara, sin querer... (las palabras se traban)... Me dejó saber su nombre y que tenía a su esposa e hijas en Miami. Entonces me confesó que se iba a morir en ese momento... que tenía a Jesucristo delante de 61... que nosotros seríamos salvados... No pasaron dos minutos, y Millán cayó muerto. A mi lado.

"La única gran alegría que tuve en toda esa odisea fue encontrarme a mi tío Rosendo Valdés, sano y salvo, en el Palacio de los Deportes."

Supimos que la rastra había llegado al Castillo del Príncipe. Después siguió hasta el Palacio de los Deportes, donde por fin, por primera vez, fue abierta una puerta lateral. Casi no podíamos levantarnos. Mi hermano y el viejo Guerra me ayudaron a salir. Cuando miré hacia atrás, vi a muchos cuerpos en el suelo.

Después supimos que hablan muerto nueve y uno poco después, incluyendo aquel jovencito que no era brigadista. Fue un espectáculo de horror. La culpabilidad directa fue de Osmani Cienfuegos. Noté en el Palacio que muchos militares hicieron gestos desaprobando aquel holocausto, aquella masacre e ignominia. Un verdadero acto de cobardía. Fidel Castro fue tan responsable como Osmani, por respaldarlo.

Cuando se escriba completa la historia de Bahia de Cochinos, se van a saber muchas cosas más