LA VERDADERA MUJER CUBANA

Aida, hija de los dueños del teatro AIDA de Pinar del Río, había profesado como religiosa; cuando es condenada, ya era conocido de todos el mortal diagnóstico, su corazón había enfermado, se agrava pronto, pero nada conmueve a sus verdugos, ni su mal ni la presencia de aquellos ancianos padres, y muere sin haber obtenido la libertad en la tierra.

Lolín Correoso, hija del Cónsul inglés en Camagüey, culta, bella, buena, con 20 años de condena y otros tantos su prometido, enferma de cáncer, manteniéndola así hasta convencidos de que el mal se ha extendido, la ponen en libertad, para que muriera días después, como un gesto alardoso de fingida bondad.

Nereida Polo, una simple operación, algo que en manos diestras se hubiese resuelto en pocos días, la llevan por tres veces a una mesa de operación. No les bastaba saber que a su padre le costaría la vida el enterarse de una paliza que le propinaran a su valiente hija. Aún padece en Cuba de las fatales consecuencias.

Bertha Alemán, otra brava e indomable mujer, pequeña de estatura, pero gigante espiritualmente, a quien operaran ya en estado avanzado de cáncer y si aún vive se lo debe al fraternal empeño e idoneidad profesional de la enfermera Olga Marrero, presa plantada, quien tantas vidas salvara en aquel inolvidable y cruel presidio.

Antonia Rodríguez, no les bastó con asesinarle a un her-mano y a varios alzados más, ocultos en una cueva hecha dentro de un bohío, queman éste y los acribillan a balazos, le queman su propia casa con todas sus pertenencias ante los ojos aterrados de su anciana madre que enloquecida clama piedad del cielo, lo que encontró, según nos contó (rodando por sus mejillas gruesas y alquitaradas lágrimas) fue un despojo humano, cuando ocho años más tarde pudo verla.

Hablemos ahora de las cavernarias bartolinas de Guanabacoa, saturadas de toda clase de sabandijas apestosas en grado sumo, estrechas, inmundas cuevas usadas antiguamente para castigar a infelices esclavos, allí nos amontonaban hasta seis o siete, en un lugar donde apenas cabía una persona sentada y como si esto fuera poco, en otras pocilgas semejantes almacenadas como fardos podridos a las infelices comunes, en esa promiscuidad asqueante, introducían lo mismo a la pobre huérfana de la desaparecida beneficencia, a la menor de aquélla ya legendaria Aldecoa (Correccional de niñas menores) o a la que no pudiendo soportar los maltratos en los campos de trabajos forzados, estudiantiles, así como cualquier acto propio de una juventud que se revela ante sus opresores. Era horripilante escuchar los alaridos de niñas que pedían protección y clemencia, a sus carceleros ante los ultrajes de que eran objeto por otras mujeres, ¿qué digo? mujeres, no, las hienas asquerosas, prostitutas muchas por el medio ambiente y a la vez cebo corrompido cuya putrefacción conlleva el camino hacia la concupiscencia más abyecta. Las galerías altas, ocupadas primero por hombres y mujeres de la peor calaña, un poco mas habitables que las ya descritas, cuchitriles, las desalojaban y sin limpiar las miasmas que dejaran aquellos cuerpos, en su mayoría podridos, nos introducían a nosotras las mujeres sin zapatos, y a mano limpia nos veíamos obligados a asearlas hasta donde nos fuese posible.

En Guanajay estaban las célebres tapiadas, allí tampoco sabíamos si era de día o de noche, siempre en tiniebla, como no veíamos lo que comíamos, una cucaracha, mosca, gusano más o menos no se echaba a ver. Hasta allí nos ofrecían palizas la guarnición con su correspondiente requisa, llegándonos a dejar en solo blúmer y ajustador, durmiendo en el suelo y hasta quitarnos las cucharas con que nos llevábamos a la boca el salcocho propio de puercos, que nos ofrecían. También nos regalaban con chorros de agua, cual si trataran de apagar el más voraz incendio. Como seguían obsequiándonos con la compañía de las comunes, escogieron, en cierta oportunidad a un grupo de las más infestadas, con enfermedades venéreas, brindándoles un refrescante baño en el agua de la cisterna que nos daba ese imprescindible líquido al pabellón de las tapiadas.